⫷ La llorona de los lavaderos ⫸
8En una aciaga tarde de junio y en medio de un torrencial aguacero, desaparecieron Felipe de Jesús y José Alfredo, nietos de doña Mercedes, ama de llaves y dama de compañía de La Coronela de las Casas.
Contrario al estilo bronco de La Coronela, doña Mercedes era una mujer que pese a su edad, todavía conservaba una belleza señorial y cuerpo esbelto. Sus modales eran finos, sus habilidades y conocimientos se destacaban sobre sus vecinos, de hecho se rumoreaba que era ella quien le hacía las cuentas a su patrona y todo lo relacionado a papeles.
Se decía que, La Coronela y doña Mercedes se habían conocido de jóvenes en la hacienda Las Margaritas en Atencingo, Puebla, propiedad del padre de doña Mercedes, situación que explicaba sus finos modales y buenas costumbres.
En el caso de La Coronela, llegó a ese lugar acompañando a su esposo Luis Antonio de las Casas experto en cuestiones de motores a vapor, calderas, trapiches, ferrocarriles y otras maquinarias, a quien se le conocía como El Ingeniero de las Casas.
Luis Antonio era mayor a su mujer por casi 30 años, no obstante Arminda pese a su juventud era demasiado atrabancada, de tal forma que cuando llegó la lucha armada, muchos hacendados perdieron sus propiedades y dejaron a Luis Antonio y Arminda, con el mismo trabajo, pero con nuevos patrones.
El título de “ingeniero” no servía entre la tropa, no lo obedecían los trabajadores asignados por el mando, así que fue el mismísimo general Don Emiliano Zapata Salazar quien le otorgó el grado de Coronel y pa’ que no hubiera dudas a su joven esposa, Coronela.
Concluida la revolución, el Coronel de las Casas fue requerido para instalar una planta generadora de luz en la ciudad de Cuernavaca, justamente a un costado del acueducto del Puente de los Lavaderos. Esta planta generadora, permitió instalar el primer sistema eléctrico de carácter público en la ciudad de Cuernavaca,
Dicho sistema partía del Puente de los Lavaderos, la calle de Guerrero, el Jardín Juárez y el Palacio de Cortés, éste último sede de los poderes en la entidad. Aparte del grado el Coronel de las Casas heredó a su mujer: el grado, la planta, monedas de oro y su casa, cuyo terreno permitió a la Coronela construir una serie de cuartitos y transformar el taller en un gran mesón para los arrieros venidos del Estado de México, cuyas mercancías surtían a los comerciantes del mercado municipal Benito Juárez.
La Coronela, mujer trabajadora y visionaria, adaptó su vecindad de tal forma que con sus inquilinos estableció una especie de trueque comunitario que lo mismo abarcaba comestibles, trastos, muebles que trabajos varios.
Ahí vivían entre otros: Don Agapito el abarrotero; el granjero, pollero y huevero José Carmen Guadalupe y sus Josefina, Carmela y Lupita, cuyos esposos Leonardo, Álvaro y Jesús eran carpintero, gelatinero y peluquero, respectivamente, quienes además integraban un grupo musical que tocaba en El Limón.
Doña Concha y su esposo Joaquín, costurera y sastre, el tablajero Bahena, los huaracheros Olivan y una tercia de damitas que lideraba Sara, mejor conocida como la “pisaflores” y el viejo herrero Dolores Arriaga.
En el Mesón llegaban jarreros, carboneros, madereros, artesanos, pulqueros y otros, que hacían de este lugar un mercado de mayoreo.
Llévate algo, porque ya viene el agua. Sugirió su amiga
Tan pronto la vio salir, soltó una tormenta eléctrica como nunca se había dado en Cuernavaca, doña Mercedes pese al diluvio que caía del cielo, se dirigió pausadamente hacia el Puente de los Lavaderos y justamente a la mitad, se paró, alzó los brazos, miró al cielo y se lanzó a las aguas eternas de la Barranca de Amanalco.
Cuenta la leyenda que nadie la vio caer, que se fue volando, que se convirtió en una hermosa mariposa blanca que cuidó de todos los niños que nacimos al margen de la Barranca de Amanalco y que hasta nuestros días la recorre diariamente.
Tal vez por eso siempre me decían mis padres:
“No te acerques a la barranca, porque te sale la Llorona”.
El oso de la oscuridad 🐻

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